El fin del petróleo


México será un importador neto de petróleo en unos cuantos años.
Ésta es la afirmación central de todos los mexicanos que sienten la incertidumbre que tiene en sus manos, en momentos en que los políticos del país “debaten cómo debatir” el futuro de la industria petrolera nacional.

Lo que importa en el debate sobre el futuro petrolero del país es lo que se ha perdido de vista en las últimas semanas de “intenso debate”. El dato duro es que en 5, 6 u 8 años más –dependiendo del escenario que se adopte– las curvas de producción y de demanda del mercado interno de crudo se cruzarán inevitablemente. En términos de producción no se ha hecho prácticamente nada en las últimas décadas para reemplazar la producción declinante que observa Cantarell. Incluso haciéndolo a partir de este mismo año, la curva de producción esperada del próximo lustro no mejoraría sustancialmente y si acaso veríamos resultados tangibles hacia el siguiente lustro (2015). Por otro lado, el crecimiento en la demanda de petróleo y petrolíferos en México no ha cesado a pesar de los barruntos de recesión económica que vive el mundo. De mantenerse esta tendencia es probable que en los próximos años la demanda de petróleo supere a la tasa del crecimiento del PIB.

Es allí –en el cruce de la declinante oferta con la demanda incremental– donde el infierno nos alcanzará para convertir a México en un importador ya no sólo de gasolinas o de gas natural, sino también de crudo. Es cuando la negligencia de tantos años se convierte en pecado mortal.

El asunto no pasaría a mayores si no fuera porque las finanzas públicas son altamente dependientes de los ingresos petroleros. En un escenario de corto plazo como éste se tendrían que buscar recursos fiscales debajo de las piedras para tapar el hoyo que dejarían los todavía millonarios recursos excedentes petroleros. Un efecto adicional grave lo resentiría la balanza de pagos.

Este hecho es el que se ha obviado en la discusión petrolera o no ha querido colocarse en el centro del debate. La razón es simple: Para los políticos no hay presión y, por lo tanto, no hay urgencia.
Dos factores explican lo inexplicable: 1. De aquí a las elecciones de julio del 2009 –objetivo de los partidos– no va a pasar nada con este asunto. El gobierno tiene una enorme “llave reguladora” llamada “subsidios” para enfrentar alguna contingencia de presión a las finanzas públicas por la permanencia de elevados precios petroleros durante este periodo. 2. Posterior al 2009 los políticos piensan que tienen otros dos o tres años para “arreglar” el problema, hacia finales de 2011, en el último tramo del gobierno actual. Es una verdadera trampa que podría desatar una crisis en las finanzas públicas del país y condenar al gobierno de Felipe Calderón.

El PRI y sus legisladores juegan ahora un papel clave en la dirección que asumirá la reforma en las próximas semanas y en los riesgos que corre el país hacia los próximos años. La lucha de vencidas entre Manlio Fabio Beltrones, por un lado, y Beatriz Paredes, por el otro, puede ser demasiado costosa para el futuro del país en cuanto al sentido que adopte la reforma. Al PRI le conviene mantener las preferencias electorales de aquí al 2009, pero también “vender” una reforma que le de viabilidad a las finanzas públicas del país en el mediano plazo desactivando la bomba que se tiene entre las manos.

Un imperativo es buscar energias alternas inmediatas, tales como la eolica, geotérmica, solar , hidráulica, eléctrica etc.

“Vemos la gota ignoramos el oceano” I. Newton

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