Importante para México

W. J. Segovia

En un año más, el 4 de noviembre de 2008, tendrán lugar las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Unos meses antes, entre el 25 y el 28 de agosto, en la cuidad de Denver, Colorado, los demócratas llevarán a cabo su convención de cara a la elección presidencial y, días después, del 1 al 4 de septiembre, harán lo mismo los republicanos en Saint Paul, Minnesota.

El reloj electoral en Estados Unidos ya comenzó su cuenta regresiva y los candidatos demócratas han tomado la delantera entre el electorado gracias a la fracasada gestión del presidente George W. Bush especialmente en su segundo período de gobierno. El senador afroamericano Barack Obama y la senadora Hillary Clinton son los candidatos que han sumado el mayor apoyo entre el electorado para disputar la candidatura demócrata en las elecciones primarias, lo que significa que –de no ocurrir nada extraordinario– el partido demócrata presentará en la elección presidencial de 2008 a un candidato “revolucionario” para el establishment político estadounidense –por su raza negra o por ser mujer– una opción tan radical como lo fue hace más de cuatro décadas cuando se eligió a John F. Kennedy como el primer presidente católico de Estados Unidos.

Dada la estrecha relación económica, comercial y geopolítica entre México y Estados Unidos, no cabe duda que para México la vida política, electoral y legislativa estadounidense debe tener una especial importancia para su futuro.

Es allí donde los últimos gobiernos mexicanos han cometido errores estratégicos garrafales que se resumen en estas pocas palabras: “la ausencia de México en la vida de los estadounidenses”.

El gobierno mexicano no tiene una visión de estado con respecto a la relación con su vecino, el país más poderoso de la tierra, lo que implica que no sólo desaprovecha las oportunidades económicas inherentes de ésta, sino también que pasa desapercibido como jugador relevante en las discusiones políticas de aquella nación y, peor aún, a que México y sus asuntos no sean vistos con familiaridad por la sociedad estadounidense.

El gobierno mexicano ha enfocado tradicionalmente la relación bilateral a nivel de los presidentes en turno. Un grave error que debe ser enmendado con rapidez por el presidente Calderón porque México requiere ser un nombre más cercano a la gente de la ciudad y del campo estadounidense para que, entre su clase política, se promuevan exitosamente intereses conjuntos.

Contrario a ello el gobierno mexicano ha estado lejos de implementar una estrategia de esta naturaleza en donde se “venda” a México como un país moderno, productivo, cultural e históricamente atractivo, que comparte aficiones deportivas como el béisbol –se debería promover que México tenga un equipo de béisbol en las Grandes Ligas de tal manera que equipos estadounidense jueguen en territorio mexicano y viceversa– y cuyos productos están cotidianamente en las casas de millones de estadounidenses. En fin, que nuestros vecinos vean a México con mayor familiaridad, como ha ocurrido con los canadienses.

Una buena oportunidad para relanzar la relación bilateral con una estrategia de mayor cercanía al estadounidense promedio es la celebración del Bicentenario de la Independencia de aquí al año 2010 que coincide con las elecciones de un nuevo gobierno, legisladores y gobernadores.

Hemos escuchado que el discurso de los precandidatos presidenciales estadounidenses no le da importancia a la relación Estados Unidos-México, quizá, por un asunto de estrategia electoral. No hay que olvidar que en esta etapa de nominaciones internas los sindicatos juegan un papel fundamental y de allí que los candidatos asuman posturas alejadas de todo aquello que pueda reñir con los líderes sindicales más poderosos. Aunque corren el riesgo de ser acusados de “vacilantes”, existe la posibilidad de que modifiquen estas posturas más conservadoras una vez que asuman la candidatura o el poder; en ese sentido los discursos que hemos escuchado aún no deben entenderse como posturas definitivas sobre todo tratándose de temas comerciales internacionales, que no son los temas que definen la elección presidencial.

Pero más allá de quién sea el próximo presidente de Estados Unidos el gobierno de Felipe Calderón está obligado a dejar de reducir la relación bilateral al mundo de los políticos que tanto daño le ha hecho a México. Se requiere una estrategia de largo plazo para que México deje de ser un desconocido ante el pueblo estadounidense porque sólo así los intereses comunes tendrán posibilidades de avanzar.

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